Artistas de la calle

He aquí una entradaun tanto  especial. Una aportación distinta. Algo más personal que el resto, porque de alguna forma he sentido la necesidad de compartir con el mundo esta experiencia madrileña que me ha alegrado el día…

Esta mañana, la plaza de Olavide acogía con sus rayitos de sol a dos jovenes chicas que con gusto difrutaban de su café al calor de este extraño invierno. Todo transcurría con normalidad: mientras cada cual leía una parte del periódico y compartía alguna que otra noticia que le causaba asombro, los niños jugaban con las palomas, los repartidores corrían con sus paquetes de un lado a otro y más de uno simplemente disfrutaba del tiempo maravilloso con amigos o familia al son de la música que tocaban los dos jóvenes al otro lado de la calle.

Hasta aquí, nada nuevo. Pero la mañana cambiaría cuando una mujer de alegre expresión, que rondaba los cincuenta, ocupaba la mesa de al lado y acomodaba a sus padres en las metálicas sillas con cariño y cierta dificultad. Sin intención de ser cotilla ni mucho menos, empecé a escuchar su conversación y prestarle algo de atención mientras ojeba las páginas del diario sin leer realmente su contenido. La mujer mayor y su marido en silla de ruedas, pedían una tónica y un café, al parecer, como todos los días, mientras su hija les contaba alguna anécdota relacionada con sus familiares. Lo especial en todo esto es, que la hija estaba constantemente preocupándose por sus padres. Recreando la historia de una forma casi teatral, andaba de un lado para otro, con una energía casi abrumadora. Colocó a su padre en la sombra y le dió a su madre un obsequio que no llegué a ver, pero que le sacó una sonrisa de oreja a oreja. Para entretener mientras a su padre, pedía a los jóvenes de la mesa de al lado, el periódico. “Cójalo, por supuesto, ya lo he leído, asique se lo puede quedar de hecho“, contestaba a la petición y el hombre, en su silla de ruedas, les daba las gracias como si de un regalo increible se tratara. Así estuvieron aproximadamente media hora en la que, independientemente de la conversación, se percibía en cada palabra que salía de la boca de la hija  un amor asombroso. Una preocupación que corresponde más a una madre que a una hija, que trata en cada instante de darles lo mejor, al igual que ellos hicieron en su momento. Era pura vitalidad que contagiaba no sólo a sus dos padres de avanzada edad, sino a todos aquellos que les rodeaban y sonreían con cada pequeño gesto de cariño de esta familia. Por último, cuando ya se disponían a abandonar la plaza y la hija trataba de trasladar a su padre a la silla de ruedas, hubo un momento de tensión en el que el hombre perdió el equilibrio y casi cae al suelo. Justo entonces, cuatro personas distintas, se levantaban de su silla y corrían a ayudar a la mujer en su maniobra. Quizás no sea nada del otro mundo, pero era uno de esos momentos en los que sientes la bondad de la gente. Como si de una gran familia se tratara, la impersonalidad de la gran ciudad se esfuma para dar paso a la hermandad y la colaboración.

No sé si es la crisis que nos obliga a unirnos, el sol que nos llena de una extraña energía  o que simplemente se trata de  una realidad que en ocasiones permanece oculta. Pero la gente comparte, ayuda, colabora y si puede , regala con gusto una sonrisa de complicidad a aquellos que son como nosotros; como todos. Porque juntos la vida resulta más fácil. Porque hay amor en cada esquina. Y porque independientemente de la situación en la que nos encontramos, siempre quedará un hueco para la amabilidad. Y es que el arte muchas veces está en la calle. Los artistas de la vida, autores de alegrar cada día de la semana, pasean por la ciudad como cualquier otra persona, pero con una luz distinta, que ilumina las calles de Madrid y consigue, en miles de ocasiones, hacer que el mundo sea un poquito mejor. La vida se convierte así en arte, en una improvisación cuyos artistas luchan a diario y están por todos lados…

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